jueves, 22 de abril de 2010

Cuando era dócil y andaba en colectivo (primer entrega)


23:19, bastante puntual, como siempre: el N7.
Tengo una relación ambivalente con el N7. Por un lado, lo odio porque es el único N que, para llevarme al mismo lugar que los demás N, da 20 minutos de vueltas innecesarias. Innecesarias porque se mete a un barrio oscuro en el que nadie sube y nadie baja. Nunca. Y el que tiene la imprudencia de sentarse a la izquierda, se asusta y aturde al pasar por la esquina de las ramas cuando golpean la ventanilla durante la curva. Los que sabemos, nos sentamos a la derecha. Él también tomó la precaución. Sí, Él. Por otro lado amo el N7 porque está Él todos los días.
No lo conozco así que se llama simplemente “el enamorado del N7”.
Me resulta increíblemente atractivo. Alto y erguido. Siempre serio, siempre sentado en el mismo lugar. Somos muy pocos a esa hora, a veces estamos solos. Se sienta en el primer asiento así que el 99,9% del tiempo lo veo desde atrás. Veo si tiene el pelo limpio o no tanto, veo la forma de sus hombros, la correa roja de su bolso rojo.
De los 11 segundos que lo puedo ver de frente cuando se dispone a bajar, lo miro unos 4 segundos en total, de esos 4, él me mira 1. Tanta barba descuidada y pelo que está como creció. Y los pálidos ojos celestes y la piel blanca y sana.
A veces creo que vuelve a su casa. Creo que vive con la novia hace mucho, y que ya no están enamorados pero ninguno lo menciona. O creo que viene desde su casa donde vive con la madre y trabaja a la noche en el centro. También vuelvo a creer que va a su casa, pero que vive con 2 amigos en un departamento chiquito y que, cuando llega, cena muy rápido viendo tele y le queda comida en la barba.
Creo que es culpable. Pero no camina como culpable.
¿De dónde viene y a dónde quiere llegar en ese N? ¿Lo toma porque le que queda cerca del lugar de origen o porque lo deja mejor? ¿Por qué parece un náufrago? ¿Quiere realmente llegar o prefiere no tener que volver a ir a ese lugar?
Siempre las mismas preguntas sin respuesta.
Si tan sólo lo viera sonreír. Pero nadie sonríe caminando por el pasillo hacia la puerta de atrás en el N7 de cada noche, con las caras de siempre, a veces en un colectivo vacío, excepto por la loca demente de ojos grandes que lo mira fijo y se sienta cerca de la puerta.

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