lunes, 7 de noviembre de 2011

No retornable

No deja de sorprenderme la complejidad de la maquinaria de las plantas embotelladoras de personas que funcionan dentro de nuestra cabeza, y ni hablar de las oficinas destinadas a coordinar nuestras habilidades para poner en acción los resultados del previo análisis de mercado. 
Control de calidad, mercancía, plusvalía, riesgo de inversión, empréstitos, contratos, endosos, envilecimiento, elasticidad, estancamiento, explotación: La danza del apareamiento, entre los humanos, está cada vez más difícil de bailar.





viernes, 22 de julio de 2011

Cuando era dócil y andaba en colectivo (segunda entrega)

La quiniela
Ella estaba en un momento económico complicado, bah, simple: no tenía un mango.
Su part-time con el que venía conforme –hasta que se dejó llevar por los cantos de sirena que entonaban incansablemente sus tarjetas de crédito- no le alcanzaba para cubrir las deudas y las pequeñas gratificaciones con las que solemos engañarnos, como dar vueltas hora y media en El Ateneo y comprar ese libro de $35 -que está en pdf pero no es lo mismo-, a esta altura ya eran del tipo Nugatón y pucho suelto.

Así es que esa mañana se descubría a sí misma subiendo a un C4 rumbo a La Quiniela. No a jugar, a trabajar. Sí, un trabajo “momentáneo”, una “suplencia”, como se encargaba de aclarar al que se le cruzara. Era verdad.

Saludó al chofer y se impacientó esperando la respuesta que demoró un largo par de segundos hasta que él devolvió el "hola", era como si el éxito o fracaso del resto del día dependiera de esa reciprocidad. Gozando en secreto de su alivio, hizo entrega del tibio cospel que había encerrado en su mano durante la larga espera en la parada.
Mientras agarraba el boletito de la maquinita que te da el boletito en el bondi, pensó en la gente que entraría a apostar a la Quiniela y se dio cuenta de que encontraría placer en observar y analizar a "ese tipo de" clientes. Podría hacer trabajo de campo de incógnito y arriesgar una nueva categoría a sus clasificación de los roles de las personas. Por suerte siempre encontraba alivio en esas cosas.
Así que se disponía a vivir por veintisiete días hábiles el tan evitado full time. Sus tardes seguirían destinadas a su trabajo de cinco horas y sus mañanas, a la quiniela.
No estaba segura de la actitud correcta ante esa nueva rutina. Claro, ella era cool.
Se sentó en un asiento individual, cruzó piernas y brazos, no se sacó los lentes de sol y se dispuso a prestar especial atención el recorrido ya que no estaba segura de dónde tenía que bajar.
Se miró y pensó en los operarios de la Fiat a los que había observado varias veces dentro del colectivo nocturno. Con zapatotes negros, ropa de grafa, dedos grandes, mirada perdida. Algunos dormidos agarrados del apoya-manos.
Se preguntó si estos pasajeros del C4, eran los de siempre a esta hora y si ya se conocían las caras.
Pensó en si había vaciado el inodoro, ya que su novio volvería antes que ella como siempre. Claro que lo había hecho, es una de las acciones automáticas de la vida.
Pensó en cuál sería la acción automática que sustituye a esa en los que no tienen inodoro.
Pensó en cuántas acciones automáticas hacíamos durante el día.
Sacó cuentas de hace cuántos días vivía con su novio. Pensó en él, el científico con “la chica de la quiniela”. Cuando le estaba por causar incomodidad esa idea -más incomodidad aún-, recordó que él tenía errores de ortografía...ahhh síííí... el viejo truco de concentrarse en las carencias de los otros cuando uno no está conforme con uno mismo. El maldito problema del status y el bendito mecanismo de defensa.
Especuló con el posible origen de las tensas muecas con la boca que hacía el flaco parado a tres filas ¿estaría "duro"? ¿tendría algo molesto en alguna muela y no querría meterse el dedo por una cuestión de higiene?, había estado tocando el largo pasamanos al subir.
Observó a una chica adelante a la derecha, la piba había notado que el colectivo estaba demasiado cerrado y sin embargo no se decidía a repetir el intento de abrir la ventanilla, sí, parecía medio trabada pero había probado sólo una vez, y tímidamente.
Tímidamente.
Recordó a su papá cuando, de niña, le explicó que mucha gente hace cola "como vacas", ni siquiera se aseguran de que sea la hilera correcta, y si llegan y no es... hacen de cero la otra cola!!!!. Recordó cuando él contó que una recepcionista le dijo “-Señor: el horario es hasta las 18:30, ¿no leyó el cartelito?-” y él contestó “-Querida, si leyera todos los cartelitos estaría tomando Coca Cola-”.
Sonrió.
Se preguntó por qué la gente dice “-¿Desciende?-”, o “-¿Desciende en la próxima?-”. No importa el nivel cultural o la provincia de origen, no importa si es un profesor de filosofía, o un loco con remera de La Mancha de Rolando, o un abogadito o una nena de primaria católica, no importa la onda, todos preguntan “-¿Desciende?-” en vez de lo lógico, lo más común, lo más a mano y simple, lo obvio, la pregunta que nuestra mente se hace en realidad que es: “¿baja?” o “¿baja acá?”... “BAJA” Listo!! ¿por qué no dirán BAJA?
Pensó: “No entiendo!!”
Se propuso seguir defendiendo y luchando por el misteriosamente negado “¿baja acá?”. “Voy a imponerlo -pensó con determinación- preguntaré siempre: ¿BAJA acá?” Y se propuso que no le importaría nada. Se dijo “No me importa que todos respiren hondo y se digan con la mirada: mmm... una impostora...aniquilémosla...”.
Sonrió otra vez.
Se le pasó la parada.


miércoles, 1 de junio de 2011

Y curiosamente me hizo volver a escribir en mi abandonado blog


Me gusta que sea directo.

Me gusta su aliento.

Me gusta cuando llama al delivery de nuestros ChowMein.

Me gusta el sabor de sus manos.

Me gusta cuando se ríe con los ojos antes de hacer el chiste.

Me gusta todo el tiempo que se tomó en elegirme la remera que me iba a prestar.

Me gusta cuando tiembla.

Me gusta cuando le gusta.

Me gusta lo que está pensando aunque yo no sepa lo que es....

así que mientras está en silencio, yo lo miro y sonrío.